jueves, 3 de octubre de 2024

Guerra de bandas en Suecia | ARTE.tv Documentales

"SUECIA EN GUERRA: CUANDO LAS CALLES YA NO SON SEGURAS"


Pepe Rojas Molina

´Liberado, analista de la realidad´


3 de octubre de 2024


El ejército sueco ya no se limitará a desfiles ni maniobras. A partir de la próxima semana, hombres con uniformes de camuflaje y botas militares patrullarán las calles del país en un intento desesperado por frenar el caos que se ha desatado en los últimos meses. El primer ministro sueco, Ulf Kristersson, ha tomado una decisión que pone de manifiesto la gravedad de la situación: el crimen ha pasado de ser una amenaza velada a un enemigo declarado, y el país nórdico, conocido por su tranquilidad y eficiencia, está al borde de una guerra civil entre bandas criminales.

El mandatario anunció que los militares no se limitarán a la fuerza bruta. Su ayuda irá más allá: logística, análisis, manejo de explosivos, y trabajo forense. Se sumarán a las fuerzas policiales en una suerte de simbiosis que busca neutralizar la violencia que ha cobrado ya la vida de 12 personas en septiembre, una cifra escalofriante en un país que hasta hace no mucho presumía de ser uno de los más seguros del mundo.

Kristersson fue claro: “las leyes suecas necesitan una actualización urgente”. El entramado legal del país ha quedado rezagado ante una violencia que ha ido mutando y sofisticándose. Los huecos legales, las áreas grises, han permitido que las bandas criminales, especialmente la temida red Foxtrot, florezcan y se conviertan en un poder paralelo. Esta organización criminal, liderada por el "Zorro Kurdo", ha sembrado el terror en las calles de Suecia, sumando un nuevo capítulo a la historia de violencia entre bandas que azota a Europa. No en vano esta red cuenta con todo un ejército de personas entre líderes, subjefes, miembros activos, colaboradores, reclutas, asesores legales, especialistas en el blanqueo de dinero y abogados para casos judiciales.

La reciente escalada de violencia ha sido brutal y caótica. Tan solo en una noche, tres personas murieron de manera trágica. Dos hombres fueron abatidos a tiros en Estocolmo, mientras que una joven de 24 años, Soha Saad, perdió la vida cuando una bomba explotó en su casa, a tan solo 80 kilómetros de la capital. Ella no tenía nada que ver con el crimen organizado, solo tuvo la desgracia de vivir cerca del verdadero objetivo. Esta nueva oleada de muerte y desolación está generando un clima de tensión insoportable, donde el miedo y la paranoia se cuelan en las calles, los hogares y las miradas de los suecos.

La red Foxtrot, una organización que ha escalado el control del tráfico de drogas y armas, está dividida. Lo que empezó como un imperio criminal unificado se ha fragmentado en facciones que se disputan el territorio a base de balas y explosiones. Esta guerra interna ha dejado un reguero de sangre que ha puesto al país en jaque, y el gobierno, consciente de que la situación se les escapa de las manos, ha decidido recurrir al ejército.

Kristersson ha sido tajante. “Suecia no ha visto nada como esto antes”, declaró con preocupación. El primer ministro se lamenta de que ningún otro país en Europa esté lidiando con algo de semejante magnitud. Las cifras lo respaldan: el año pasado, más de 60 personas murieron en tiroteos, la cifra más alta jamás registrada en Suecia, y las previsiones para este año no son mejores. Lo peor es que, cada vez más, las víctimas son inocentes, personas ajenas al conflicto que solo estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado.

La situación ha llevado a Suecia a plantearse lo impensable: el uso del ejército en labores de seguridad ciudadana. No es un país que haya sido acostumbrado a ver tanques o soldados en las calles. Hasta ahora, era la policía la que hacía frente al crimen, pero los tiempos han cambiado. La violencia de las bandas ha escalado tanto que incluso la ley se ha quedado corta.

La respuesta gubernamental ha sido doble: mayor vigilancia y penas más duras, sí, pero también la promesa de atacar las causas subyacentes, como la pobreza y la mala integración de los inmigrantes, factores que han alimentado el fuego de la criminalidad. Y aunque el gobierno minoritario de Kristersson, apoyado por el partido antiinmigración Demócratas Suecos, ha hecho lo posible por endurecer las leyes, las críticas señalan que no se ha hecho lo suficiente para tratar los problemas sociales que han dado origen a este escenario de violencia.

¿Qué será de Suecia ahora que el ejército patrullará sus calles? ¿Cuánto tiempo más podrá soportar la nación esta guerra silenciosa que ha ido escalando día tras día? Solo queda esperar. Las medidas están sobre la mesa, pero el desafío es grande. Y en medio de todo, los ciudadanos siguen mirando, temerosos, cómo su país cambia para siempre, dejando atrás esa imagen idílica de bienestar que, hasta hace poco, el mundo entero envidiaba.

miércoles, 2 de octubre de 2024

La guerra interminable de Israel: tierra, fuego y supervivencia

Pepe Rojas molina

´Liberado, analista de la realidad´

3 de octubre de 2024

El futuro del conflicto entre Israel y Palestina parece tan claro como el lodo después de la lluvia en los campos de batalla. Aquí no hay héroes ni finales gloriosos. Esto no es una novela con un giro final inesperado; es la cruda realidad de una guerra que lleva décadas y que seguirá llevándose vidas, tierras y dignidad a manos llenas. Desde 1948, cuando empezó todo, Israel ha sabido jugar sus cartas con la precisión de un tahúr veterano. Cada conflicto ha sido una oportunidad para arañar un trozo más de territorio, para consolidar su posición mientras la comunidad internacional mira, a veces con reproches tibios, otras con silencios cómplices.

El último conflicto en el sur del Líbano es el más reciente ejemplo de este ciclo interminable. Las incursiones de Israel en el Valle de la Bekaa, en respuesta a las hostilidades de Hezbolá, no son más que una continuación de la misma lógica: asegurar fronteras, asentar posiciones y demostrar poder. Irán, por su parte, lanza misiles y drones en represalia, como parte de una guerra por delegación que se libra sobre suelo israelí, pero que tiene sus raíces en un conflicto mucho más amplio. Estas escaramuzas solo agravan una situación que ya de por sí es volátil, encendiendo aún más las tensiones en un polvorín que cualquier día puede estallar de manera definitiva.

Si algo queda claro después de más de medio siglo de guerra es que aquí no hay marcha atrás.
La maquinaria israelí sigue avanzando, asentamiento tras asentamiento, muro tras muro, mientras los palestinos ven cómo su tierra se reduce a migajas, su futuro se diluye entre promesas vacías y negociaciones estériles. ¿Paz? Es casi una broma amarga a estas alturas. Las treguas temporales son eso: una pausa, un respiro antes de que vuelvan a saltar los misiles y las piedras, las bombas y los gritos.

Ahora imaginen el futuro. Sí, claro, nadie es adivino, pero uno no necesita ser un profeta para saber que las cosas van a peor. Israel seguirá ampliando su dominio, quizás bajo el pretexto de "seguridad" o de la construcción de un estado judío más fuerte. Los palestinos, por su parte, podrían verse aún más arrinconados, confinados en enclaves que hacen recordar las viejas fotos en blanco y negro de otros guetos, de otros tiempos. La diferencia es que esta vez nadie vendrá a salvarles, porque a estas alturas, los que tienen el poder para intervenir están más interesados en no mancharse las manos que en intentar resolver este nudo gordiano que ya ni siquiera tiene solución.

Tal vez, dentro de unos años, cuando esta guerra haya consumido otra generación más, algún diplomático bienintencionado proponga un nuevo plan de paz. Pero si el pasado nos enseña algo es que estos "planes" son como parches sobre una herida que no deja de supurar. La sangre sigue ahí, el dolor también. Y los hombres que llevan tanto tiempo odiándose no van a reconciliarse solo porque un papel lo diga.

Esta es una guerra sin fin, una partida de ajedrez donde las piezas más pequeñas siempre son las que caen primero, donde los reyes y las torres se mantienen en pie mientras los peones mueren en el barro. Y mientras tanto, el mundo seguirá observando, quizás emocionado por un rato, hasta que llegue la próxima crisis, el siguiente conflicto, y entonces olvidemos que en este rincón maldito de Oriente Medio, la paz es una palabra que ya no significa nada.

La guerra interminable de Israel: tierra, fuego y supervivencia

Pepe Rojas molina

´Liberado, analista de la realidad´

3 de octubre de 2024




El futuro del conflicto entre Israel y Palestina parece tan claro como el lodo después de la lluvia en los campos de batalla. Aquí no hay héroes ni finales gloriosos. Esto no es una novela con un giro final inesperado; es la cruda realidad de una guerra que lleva décadas y que seguirá llevándose vidas, tierras y dignidad a manos llenas. Desde 1948, cuando empezó todo, Israel ha sabido jugar sus cartas con la precisión de un tahúr veterano. Cada conflicto ha sido una oportunidad para arañar un trozo más de territorio, para consolidar su posición mientras la comunidad internacional mira, a veces con reproches tibios, otras con silencios cómplices.

El último conflicto en el sur del Líbano es el más reciente ejemplo de este ciclo interminable. Las incursiones de Israel en el Valle de la Bekaa, en respuesta a las hostilidades de Hezbolá, no son más que una continuación de la misma lógica: asegurar fronteras, asentar posiciones y demostrar poder. Irán, por su parte, lanza misiles y drones en represalia, como parte de una guerra por delegación que se libra sobre suelo israelí, pero que tiene sus raíces en un conflicto mucho más amplio. Estas escaramuzas solo agravan una situación que ya de por sí es volátil, encendiendo aún más las tensiones en un polvorín que cualquier día puede estallar de manera definitiva.

Si algo queda claro después de más de medio siglo de guerra es que aquí no hay marcha atrás. La maquinaria israelí sigue avanzando, asentamiento tras asentamiento, muro tras muro, mientras los palestinos ven cómo su tierra se reduce a migajas, su futuro se diluye entre promesas vacías y negociaciones estériles. ¿Paz? Es casi una broma amarga a estas alturas. Las treguas temporales son eso: una pausa, un respiro antes de que vuelvan a saltar los misiles y las piedras, las bombas y los gritos.

Ahora imaginen el futuro. Sí, claro, nadie es adivino, pero uno no necesita ser un profeta para saber que las cosas van a peor. Israel seguirá ampliando su dominio, quizás bajo el pretexto de "seguridad" o de la construcción de un estado judío más fuerte. Los palestinos, por su parte, podrían verse aún más arrinconados, confinados en enclaves que hacen recordar las viejas fotos en blanco y negro de otros guetos, de otros tiempos. La diferencia es que esta vez nadie vendrá a salvarles. Porque a estas alturas, los que tienen el poder para intervenir están más interesados en no mancharse las manos que en intentar resolver este nudo gordiano que ya ni siquiera tiene solución.

Tal vez, dentro de unos años, cuando esta guerra haya consumido otra generación más, algún diplomático bienintencionado proponga un nuevo plan de paz. Pero si el pasado nos enseña algo es que estos "planes" son como parches sobre una herida que no deja de supurar. La sangre sigue ahí, el dolor también. Y los hombres que llevan tanto tiempo odiándose no van a reconciliarse solo porque un papel lo diga.

Esta es una guerra sin fin, una partida de ajedrez donde las piezas más pequeñas siempre son las que caen primero, donde los reyes y las torres se mantienen en pie mientras los peones mueren en el barro. Y mientras tanto, el mundo seguirá observando, quizás emocionado por un rato, hasta que llegue la próxima crisis, el siguiente conflicto, y entonces olvidemos que en este rincón maldito de Oriente Medio, la paz es una palabra que ya no significa nada que ya no significa nada.