La guerra interminable de Israel: tierra, fuego y supervivencia
Pepe Rojas molina
´Liberado, analista de la realidad´
3 de octubre de 2024
El futuro del conflicto entre Israel y Palestina parece tan claro como el lodo después de la lluvia en los campos de batalla. Aquí no hay héroes ni finales gloriosos. Esto no es una novela con un giro final inesperado; es la cruda realidad de una guerra que lleva décadas y que seguirá llevándose vidas, tierras y dignidad a manos llenas. Desde 1948, cuando empezó todo, Israel ha sabido jugar sus cartas con la precisión de un tahúr veterano. Cada conflicto ha sido una oportunidad para arañar un trozo más de territorio, para consolidar su posición mientras la comunidad internacional mira, a veces con reproches tibios, otras con silencios cómplices.
El último conflicto en el sur del Líbano es el más reciente ejemplo de este ciclo interminable. Las incursiones de Israel en el Valle de la Bekaa, en respuesta a las hostilidades de Hezbolá, no son más que una continuación de la misma lógica: asegurar fronteras, asentar posiciones y demostrar poder. Irán, por su parte, lanza misiles y drones en represalia, como parte de una guerra por delegación que se libra sobre suelo israelí, pero que tiene sus raíces en un conflicto mucho más amplio. Estas escaramuzas solo agravan una situación que ya de por sí es volátil, encendiendo aún más las tensiones en un polvorín que cualquier día puede estallar de manera definitiva.
Si algo queda claro después de más de medio siglo de guerra es que aquí no hay marcha atrás. La maquinaria israelí sigue avanzando, asentamiento tras asentamiento, muro tras muro, mientras los palestinos ven cómo su tierra se reduce a migajas, su futuro se diluye entre promesas vacías y negociaciones estériles. ¿Paz? Es casi una broma amarga a estas alturas. Las treguas temporales son eso: una pausa, un respiro antes de que vuelvan a saltar los misiles y las piedras, las bombas y los gritos.
Ahora imaginen el futuro. Sí, claro, nadie es adivino, pero uno no necesita ser un profeta para saber que las cosas van a peor. Israel seguirá ampliando su dominio, quizás bajo el pretexto de "seguridad" o de la construcción de un estado judío más fuerte. Los palestinos, por su parte, podrían verse aún más arrinconados, confinados en enclaves que hacen recordar las viejas fotos en blanco y negro de otros guetos, de otros tiempos. La diferencia es que esta vez nadie vendrá a salvarles. Porque a estas alturas, los que tienen el poder para intervenir están más interesados en no mancharse las manos que en intentar resolver este nudo gordiano que ya ni siquiera tiene solución.
Tal vez, dentro de unos años, cuando esta guerra haya consumido otra generación más, algún diplomático bienintencionado proponga un nuevo plan de paz. Pero si el pasado nos enseña algo es que estos "planes" son como parches sobre una herida que no deja de supurar. La sangre sigue ahí, el dolor también. Y los hombres que llevan tanto tiempo odiándose no van a reconciliarse solo porque un papel lo diga.
Esta es una guerra sin fin, una partida de ajedrez donde las piezas más pequeñas siempre son las que caen primero, donde los reyes y las torres se mantienen en pie mientras los peones mueren en el barro. Y mientras tanto, el mundo seguirá observando, quizás emocionado por un rato, hasta que llegue la próxima crisis, el siguiente conflicto, y entonces olvidemos que en este rincón maldito de Oriente Medio, la paz es una palabra que ya no significa nada que ya no significa nada.
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